‘Radio Gaga’, la radiofórmula televisiva de las historias olvidadas

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He visto Radio Gaga y creo que debo escribir sobre una producción tan luminosa. Televisión que vale la pena. La que nunca debería dejar de hacerse y la que —también— debería ser pública; y esto lo pensaba incluso cuando no sabía que el formato había sido ofrecido a Televisión Española, siendo rechazado. La idea del programa, por sencilla, no deja de ser brillante.

Quique Peinado y Manuel Burque aterrizan en un lugar con su vetusta furgoneta naranja y una caravana plegable contenida en un remolque. Ensamblan la pequeña roulotte, erigen una antena y en el habitáculo establecen un estudio de radio. Solo hacen falta unos cuantos micrófonos, una mesa de mezclas, auriculares, dos portátiles cargados de canciones que regalar y ganas de escuchar. El resto, la palabra hecha verdad. Una emisión hiperlocal, porque puede escucharse en sus alrededores a través de transistores. Una radiofórmula televisiva de realidades sociales a veces olvidadas.

Se acercan a historias sin tapujos ni ambages, honrando con creces esa frase pronunciada en las promociones del programa: «Transforman al que escucha y liberan al que habla». Tal cual y sin miedo a los silencios. El tono, inequívocamente y por suerte, no es el que impera en televisión.

En este ejercicio de escucha, de conversación natural, suena la dureza. Relatos contados a lo largo de los dos días que Radio Gaga recala, por episodio, en cada lugar. En un pueblo tan pequeño que no puede tener ni escuela, en un centro de acogida de inmigrantes, en un hospital de neurorehabilitación o en una barriada marginal. Articulando relatos naturales y llenos de empatía. Sin sentimentalismos malintencionados ni morbosidad de ningún tipo. Con dignidad. Sin exhibicionismo. Rehuyendo las cuestionable prácticas habituales.

Quique Peinado contaba hace poco en Twitter, coincidiendo con la emisión de la visita al Institut Guttmann, una decisión de la directora del programa, Joana Pardos, y su equipo.

Tenían por duplicado el testimonio de un padre sobre la culpa que sentía por el accidente que había sufrido su hija. En uno, relataba la situación «con una entereza increíble», en un escenario distinto al del estudio; en el otro se derrumbaba en la caravana junto al presentador, también afectado. Y la dirección eligió la primera narración, sin lágrimas. «Creo que casi nadie en televisión hubiera tomado esa decisión tan elegante y humana», decía Peinado. Pero es que, como también afirmaba, «la gente que llora en Radio Gaga es de emoción. Se trata de eso, no del morbo».

El programa, según se supo anteayer, ha renovado por una segunda temporada. Que dure, tanto la producción como #0 y su apuesta por una televisión alternativa a la habitual en tantos registros y temáticas. Se hace necesaria.

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