Las viejas ‘fake news’

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Con la llegada de Donald J. Trump a la Casa Blanca, de pronto, ha surgido una enorme preocupación cuasi planetaria por las noticias falsas. Pensar que una enorme maquinaria dedicada a la confección y distribución de fake news haya podido influenciar a ciertos sectores de la población aupando a un candidato a la presidencia de los Estados Unidos da miedo. Darse cuenta de que unas interacciones en Facebook o Twitter pueden llevar contenidos malintencionados a ser tremendamente influyentes asusta.

Sin embargo, creo que lo nuevo y alarmante en este momento no es el fenómeno de los bulos, las ensoñaciones o las medias verdades en sí mismo, sino la gran divulgación y viralización de esas falsedades a través de las redes sociales. Porque no descubro nada si digo que esas noticias falsas siempre han existido. O más que noticias, simples rumores repletos de más o menos mentira.

Lo de siempre

Pongamos que, en una pequeña ciudad, una serie de individuos difunden una patraña sobre el equipo de gobierno local. Que el alcalde, por ejemplo, quiere prohibir el uso de los balcones a cualquiera que posea uno. Desde ese momento, dos tipos de personas se encargarán de difundir la falsedad. Por un lado, las interesadas y conscientes de la misma, que de alguna manera podrán obtener beneficios de ella. Y, por otro, las ajenas al embuste que, no obstante, están lo suficientemente en oposición con la falsa verdad o el protagonista de la misma como para creerla y darle visibilidad.

Funciona prácticamente igual fuera de la red, entre vecinos que se lo cuentan en la puerta del mercado, como dentro de ella, a través de las redes sociales.

Pasa con temas locales, frecuentemente veo publicaciones de ciertos contactos de Facebook con obvias falsedades sobre asuntos políticos domésticos, a cada cual más absurdo; o nacionales, como los de las elecciones estadounidenses. Según un análisis de BuzzFeed News recogido en esta interesante hoja de cálculo, la historia falsa relacionada con las presidenciales yanquis con mayor número de interacciones en Facebook, cerca de un millón, fue la que afirmaba que el papa Francisco apoyaba la candidatura de Trump.

¿Alguien medianamente informado sobre uno y otro personaje podría dar credibilidad a la supuesta información? En su sano juicio no, pero presumiblemente miles de personas la dieron por buena. Gracias a ese sesgo que provocan las redes, que gracias a acciones y algoritmos terminan mostrando lo que seguramente agradará al usuario, entran en juego otro sesgo, el de confirmación. Sin fact check alguno. Como la historia del balcón y el alcalde, pero con una amplificación todavía mayor y un beneficio adicional: el económico. Obtenido derivado de la publicidad mostrada en esos supuestos medios de comunicación digitales.

¿Existen soluciones efectivas? No lo parece…

¿Hay soluciones sin caer en la censura? De momento, dos gigantes publicitarios como Google y Facebook han comenzado a rechazar de sus plataformas esta clase de sitios, un punto importante. Y en diferentes grados se han comprometido varios agentes implicados a combatirlos.

Pero, ¿es suficiente? No lo creo. Más allá de poner en marcha mecanismos que impidan una difusión idéntica a la que tienen las noticias contrastables, evitando así darles un mismo peso y credibilidad, creo que en gran medida el problema encuentra su origen en la educación de los usuarios. Si estos no tienen la posibilidad de informarse de forma adecuada, con libre acceso a la información, y al mismo tiempo no poseen un suficiente sentido crítico que les permita cuestionar aquello que ante sí se presenta, aunque coincida con su pensamiento, difícilmente avanzaremos en este sentido.

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  1. Las viejas "fake news" - 26/04/2017

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