¿Viajar solo? Sí, sí y sí

El pasado verano, pensando en las vacaciones, tenía frente a mí un escenario nuevo. Gracias a que durante el invierno fui un poco hormiguita podía permitirme viajar a algún lado, aunque sin pasarse, y no teniendo pareja o amistades que pudiesen sumarse todo apuntaba a que, de hacerlo, lo haría en solitario.

Un viaje a alguna ciudad europea, quizás una pequeña ruta por países de nuestro entorno encadenando trayectos en autobús, visitar algunas zonas de la península que no hubiese pisado antes… tenía varias ideas y, al final, me decidí por recorrer el norte de España en poco menos de una semana. 6 días y 5 noches partiendo de Santiago de Compostela y dando por finalizado el viaje en Bilbao, visitando todo lo que me encontrase al paso y me pareciese interesante. Para moverme: autobús, tren y mis propias piernas. Estaba decidido.

«¿Cómo te vas a ir sin acompañantes? ¿Estás seguro?». «Vas a aburrirte, piénsalo bien». «Te vas a sentir muy solo sin ninguna compañía, deberías ir con alguien». «¿No te da miedo recorrer tantos kilómetros en soledad?». Preguntas, recomendaciones y comentarios de este tipo recibí unos cuantos de amigos y conocidos. Bienintencionados, por supuesto. Cuestiones que en algún momento incluso yo mismo me había planteado, pero que realmente no me preocupaban demasiado. Siendo hijo único uno está acostumbrado.

Mi ruta por Galicia, Asturias, Cantabria y País Vasco, que casi parecía un particular Camino de Santiago a la inversa, comenzó como decía líneas más arriba en Compostela, donde llegué tras volar desde Valencia. Como la ciudad la conozco suficientemente y la he visitado un buen puñado de veces, me dirigí en autobús directamente al punto real de partida: Ferrol.

Tras visitarla durante toda la mañana me marché a la playa de Las Catedrales, un lugar realmente impresionante que vale la pena pisar previa solicitud a la Xunta de Galicia, y llegué a Ribadeo, donde hice noche. El segundo día tocó visitar la localidad, estuve en Muros de Nalón, Cudillero, Avilés, Gijón, donde dormí la segunda noche, Oviedo, donde me quedé la tercera, Santillana del Mar, Santander, donde descansaría la cuarta, y finalmente Bilbao, donde pernoctaría la quinta. Para la vuelta retorné sobre mis pasos hasta Santander, donde un vuelo low cost que me salió bastante bien de precio me devolvió a Valencia.

El plan en todos estos enclaves era el mismo: llegar, sin ningún plan previsto, intentar conseguir un mapa y visitar lo que me apeteciese en el tiempo que más o menos estimaba que podía tener disponible. La única preparación previa que tuvo el viaje fueron los vuelos de ida y vuelta y el alojamiento, que repartí entre hostales, pensiones y habitaciones ofrecidas por particulares en Airbnb, aunque en principio no quería ni tener esto cerrado previamente.

Además, al plan sumaba eso de parar donde me placiese, si es que encontraba algo interesante, en el recorrido entre las ciudades en las que hacía noche. Así fue como visité, por ejemplo, Muros de Nalón y Cudillero. Yendo en autobús camino de Avilés, recorriendo una carretera que bordeaba el primer concejo, me llamó la atención la torre de su iglesia. No sabía ni en qué lugar estaba exactamente, pero le pedí al conductor bajar donde pudiese detenerse y me dirigí desde las afueras hacia la plaza mayor.

Además de encontrarme un pueblín la mar de tranquilo, pude comer un suculento menú en un bar con solera, recibir el trato curioso y más que agradable de la familia que regentaba el negocio y tener la oportunidad de subirme a uno de los pequeños trenes de Feve, uno en dirección a Ferrol, que me dejó a las afueras de Cudillero. Una placentera caminata y el pueblo costero de postal era todo mío. La libertad de no planear prácticamente nada y encontrarte con experiencias como esta es impagable.

Durante el viaje pude comprobar también cómo ser solamente uno mismo y su mochila abre muchas puertas. La gente cuando te observa por la calle, desentrañando un mapa, se acerca a ofrecerte su ayuda. Donde te detengas, más de una vez, una benévola pregunta curiosa surge y una buena conversación le sucede. Y el conjunto te hace ver ciertas cosas de forma distinta. Dedicarte a poco más que caminar y admirar lo que te rodea te deja tiempo para pensar, conocerte y valorar lo que tienes.

Son un cúmulo de sensaciones curiosas. No es que le vayas a encontrar el sentido a la vida, aunque quién sabe, pero seguramente sí vas a sentirte de otro modo y volverás a casa con una sonrisa. Sin duda, viajar solo, es algo que recomendaría a cualquiera. Y que repetiría.

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