Aquí estoy

Tras terminar la jornada en la oficina, pasar por el supermercado para comprar algo de comer, llegar a casa y trabajar en algunas colaboraciones que llevo a cabo como freelance recordé que tenía un blog. Fue esta misma semana. No es que hubiese olvidado tal posesión, naturalmente, pero me acordé que lo tenía de un modo culpable y doliente. Con ese convencimiento de que, a la vista está, sufre de inanición.

Con los blogs —aunque quizás ya ni siquiera deberíamos llamarlos así, aunque sean un espacio personal como este— empecé hace unos cuantos años. Mucho ha llovido. De hecho, empecé antes incluso de llegar a tener Internet en casa. En el primer artículo del último borrón y cuenta nueva, de hecho, lo recordaba vagamente y daba fechas, aunque ahora no estoy seguro de que acertase con ellas. Creo que puede que empezase antes mis mañanas enteras de sábado, y algunas tardes entresemana, dándole a las teclas en un locutorio. El asunto es que abrir una bitácora, como también llamábamos frecuentemente a estos cuadernos digitales entonces, fue casi fruto de la casualidad. O, mejor dicho, de la simple curiosidad.

Uno de esos sábados en los que iba también al quiosco y me compraba una de aquellas revistas de informática que tanto se vendían, frecuentemente acompañadas de disquetes de tres y medio con pequeñas utilidades o simple spam ahora retro, vi un anuncio de una plataforma de blogs. Era la desaparecida La Coctelera que quizás algunos todavía recuerden con cierta emoción. Dijo adiós definitivamente en 2014. Con un alias, porque nunca usé mi nombre allí, me creé un blog y comencé a escribir, algo que me gusta desde bien pequeño.

¿Queda algo de todo aquello? Nada. La plataforma dio la oportunidad de descargar los datos y artículos, pero decidí dejarlos desaparecer, como en gran medida ha pasado con artículos que escribí ya en Blogger a mi nombre y con el sobrenombre actual cuando aquel servicio made in Spain se me había quedado pequeño o como cuando comencé a escribir con mi propio blog alojado bajo este dominio en el que estáis.

¿Razones? Quizás la madurez. Uno no es como era hace cinco años ni gran parte de sus escritos, más si son de índole personal, lo son. Eso, en parte, creo que puede influir en el éxito actual de redes sociales que explotan lo efímero. Sin embargo, contradiciéndome, somos parte de lo que fuimos. O, precisando de nuevo, lo que somos ahora es fruto de lo que fuimos en algún momento. Un particular carpe diem de la existencia. En cualquier caso, aquí estoy.

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