De muros, falta de entendimiento y conferencias compartidas

Esta semana me encontré, a hora de dormir, a Álex de la Iglesia siendo entrevistado por Risto Mejide en el programa Al rincón de Antena 3. No suelo ver la televisión, pero sentirse cansado, estar haciendo tiempo para que llegue el ansiado sueño y no tener las más mínimas ganas de pensar tras un día agotador, hacen que uno llegada cierta hora de la noche se tire en el sofá, encienda eso que le sirve para hacer funcionar el Chromecast con Plex y se ponga a ver lo que le echen. Cuasi literalmente.

El asunto es que apenas vi unos diez minutos de entrevista, porque al poco se fueron a publicidad, pero en ese fragmento el cineasta reflexionó sobre una cuestión que me resultó familiar. Habló de cómo la gente en España suele cambiar poco de opinión y de cómo lo frecuente es escuchar a dos partes declamar sus posiciones, en confrontación y oposición, sin pretender llegar a puntos en común. Explicó que ese choque de entendimientos puede servir para sostener una estructura sin que se mueva, pero no para avanzar, no para servir de vehículo con el que viajar en una dirección común. Básicamente progresar.

Y digo que me resultó familiar porque demasiadas veces he asistido a esos debates absurdos en los que no sabes ni por qué razón te has metido. Debates que tienen lugar en la vida real, en la digital y en toda clase de ámbitos, desde el personal al político, por ejemplo. Conferencias compartidas, como decía De la Iglesia, que no pueden ser clasificadas de diálogos y son simplemente posicionamientos en voz alta que no buscan una réplica. O, al menos, no una réplica que los pueda hacer evolucionar ni alcanzar puntos en común.

Porque, desgraciadamente, nos encontramos que determinadas discusiones no tienen lugar si una de las dos partes no cree que va a ganar. O dicho de otro modo: algunos no van a ponerse a intercambiar posturas si no creen —reitero porque no tiene por qué ser cierto y no suele serlo— que pueden colocarse por encima del contrario. El intercambio de ideas tiene lugar, los razonamientos y argumentaciones por uno y otro lado se formulan de mejor o pero forma, pero llegados a un punto en el que el que quiere verse ganador debe sacar conclusiones, se produce normalmente un silencio o un estruendo. Un mutis por el foro en el mejor de los casos, a la vista de no querer aceptar ni un mínimo cambio en su opinión aunque esté equivocada, o un estruendo en forma de categórica afirmación por encima de evidencias. Un “esto es así porque lo digo yo”, sin más. De ante mano sabe que no va a aceptar que la Tierra es redonda aunque lo lleven hasta la órbita de la Luna a comprobarlo.

No todas las opiniones son respetables, pero entre las que lo son puede haber tanto acertadas como no. ¿Por qué la intransigencia es tan frecuente? ¿Por qué sentir miedo a estar equivocados y, con lo cual, aprender siendo conscientes de ello? ¿Por qué la fobia a ver caminos comunes? ¿Por qué no a todo cuando un sí consensuado nos haría avanzar? ¿Por qué los muros? ¿Por qué, en definitiva, la falta de verdadero diálogo y entendimiento? Es algo que siempre me costará entender.

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