La victoria de los necios

Hace unas semanas Delia Rodríguez escribía en El País una columna de opinión titulada “Estupidos y constantes”; aquí la tuiteó. La pieza que firmaba la directora de Verne y autora del recomendable libro Memecracia cuenta cómo en estos tiempos de redes sociales y exposición en la red aquellos que no tiene méritos pueden ser tenidos en cuenta si son lo suficientemente latosos en detrimento, claro está, de los que sí merecen esa toma en consideración realmente. Este fragmento del texto lo resume bastante bien con una conclusión:

En Internet no existe atención suficiente para atender al pudoroso, al introvertido, al discreto, al diamante en bruto, a no ser que aprendan las técnicas del trol, del exhibicionista, del narcisista, del estúpido laborioso.

El caso es que lo que cuenta este artículo, además de ser sumamente certero, es aplicable también fuera de la world wide web tanto en el terreno personal como en el profesional. Todos conocemos esa manida y popular frase, “Quien no llora, no mama”, y tristemente es una realidad.

En la red, como en la vida real, normalmente quien patalea, da saltos o saltitos, habla por encima del resto, da pisotones, repite sus particulares mantras una y otra vez, habla con este, aquel y el de más allá, aparenta y pasa por encima de quien sea y como sea, tiene focos y flashes apuntándolo. Por increíble que parezca, a la fuerza prácticamente, consigue incluso una legión de correligionarios. Consigue lo que persigue, aunque no sea digno de ello.

En cambio alguien que realmente lo vale, que es merecedor de ello, que tiene razones suficientes para ser premiado con cierto reconocimiento o atención, en el grado que corresponda, se encuentra con las manos vacías. Si no llama la atención, parece que no existe. Si no es capaz de hacer notar a cada segundo que hace aquello que siempre ha hecho sin esperar una palmadita en la espalda, nadie se la va a dar porque probablemente estén distraídos con el espectáculo de otros.

Todo esto lo he visto y he vivido. Y lo cierto es que resulta descorazonador pensar que es así.

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